martes, mayo 08, 2012

‘La amistad’ de Giorgio Agamben

Para A., S., D., J. & H.
G. G. Jolly
 
La amistad está tan estrechamente ligada a la definición misma de la filosofía que se puede decir que sin ella la filosofía no sería propiamente posible. La intimidad entre amistad y filosofía es tan profunda que ésta incluye el phílos, el amigo, en su mismo nombre y, como suele suceder en toda proximidad excesiva, corre el riesgo de no llegar a realizarse. En el mundo clásico, esta promiscuidad y casi consustancialidad del amigo y del filósofo se daba por descontada y es ciertamente por una intención en algún sentido arcaizante que un filósofo contemporáneo —en el momento de formular la pregunta extrema: ¿qué es la filosofía?— llegó a escribir que ésta es una cuestión para tratar entre amigos. Hoy la relación entre amistad y filosofía, de hecho, ha caído en descrédito y es por una suerte de compromiso y mala conciencia que aquellos que hacen profesión de filosofía intentan vérselas con este partner incómodo, y por así decir, clandestino de su pensamiento.

Hace muchos años, un amigo, Jean-Luc Nancy, y yo habíamos decidido intercambiar cartas sobre el tema de la amistad. Estábamos persuadidos de que ése era el mejor modo de acercarnos y casi “poner en escena” un problema que de otro modo parecía escapar a un tratamiento analítico. Yo escribí la primera carta y esperaba no sin temblor la respuesta. No es éste el lugar para intentar entender por qué razón —o quizá malentendido— la llegada de esa carta de Jean-Luc significó el fin del proyecto. Pero es cierto que nuestra amistad —que en nuestros objetivos habría debido abrirnos un acceso privilegiado al problema— fue en cambio un obstáculo y resultó, de algún modo, al menos provisionalmente, oscurecida.
8br /> Es por un malestar análogo y probablemente consciente que Jacques Derrida eligió como leitmotiv de su libro sobre la amistad un lema sibilino que la tradición atribuye a Aristóteles y que niega la amistad en el mismo gesto con el que parece evocarla: ô phíloi, oudeís philos, “¡Oh amigos, no hay amigo!”. Uno de los temas del libro es, de hecho, la crítica de aquella que el autor define como la concepción falocéntrica de la amistad, que domina nuestra tradición filosófica y política. Cuando Derrida estaba todavía trabajando en el seminario del cual nació su libro, habíamos discutido juntos acerca de un curioso problema filológico que concernía precisamente al lema en cuestión. El se encuentra citado, entre otros, en Montaigne y en Nietzsche, quienas lo habrían extraído de Diógenes Laercio. Pero si abrimos una edición moderna de las Vidas de filósofos, en el capítulo dedicado a la biografía de Aristóteles (V, 21) no encontramos la frase en cuestión, sino una en apariencia casi idéntica, cuyo significado es no obstante diverso y bastante menos enigmático: “aquel que tiene [muchos] amigos, no tiene ningún amigo”.

Una visita a la biblioteca fue suficiente para aclarar el misterio. En el año 1616, el gran filólogo de Ginebra Isaac Casaubon decide publicar una nueva edición de las Vidas. Junto al pasaje en cuestión —que todavía en la edición procurada por el suegro Henri Etienne decía ô phíloi (oh, amigos)— corrigió sin titubear la enigmática lección de los manuscritos, que se volvió así perfectamente inteligible, y por esto, fue acogida por los editores modernos.

Dado que informé enseguida a Derrida del resultado de mis investigaciones, quedé sorprendido, cuando el libro salió publicado con el título Politiques de l’amitié (Políticas de la amistad), al no encontrar allí ninguna huella del problema. Si el lema —apócrifo según los filólocos modernos— figuraba en el libro en su forma originaria, no era ciertamente por un olvido (descuido): era esencial, en la estrategia del libro, que la amistad fuera, al mismo tiempo, afirmada y puesta en duda. En esto, el gesto de Derrida repetía el de Nietzsche. Cuando era todavía un estudiante de filología, Nietzsche había comenzado un trabajo sobre has fuentes de Diógenes Laercio, y la historia del texto de las Vidas (y por ende, también la enmienda de Casaubon) debía de serle perfectamente familiar. Pero la necesidad de la amistad y, al mismo tiempo, cierta desconfianza hacia los amigos eran esenciales para la estrategia de la filosofía nietzscheana. De aquí el recurso a la lección tradicional, que en sus tiempos ya no era corriente [...]. Es posible que a este malestar de los filósofos modernos haya contribuido el particular estatuto semántico del término “amigo”. Es sabido que nadie ha logrado jamás definir de modo satisfactorio el sentido del sintagma “te amo”, tanto que se podría pensar que él tiene carácter performativo —esto es, que su significado coincide con el acto de su enunciación—. Consideraciones análogas se podrían hacer en relación con la expresión “soy tu amigo”, aunque aquí el recurso a la categoría de lo performativo no parece posible. Creo, más bien, que “amigo” pertenece a aquella clase de términos que los lingüistas definen como no-predicativos, es decir, términos a partir de los cuales no es posible construir una clase de objetos en la cual inscribir los entes a los que se atribuye el predicado en cuestión. “Blanco”, “duro”, “caliente” son por cierto términos predicativos; pero ¿es posible decir que “amigo” defina en este sentido una clase consistente? Por extraño que pueda parecer, “amico” comparte esta cualidad con otra especie de términos no-predicativos: los insultos. Los lingüistas han demostrado que el insulto no ofende a quien lo recibe porque lo inscribe en una categoría particular (por ejemplo, la de los excrementos o la de los órganos sexuales masculinos o femeninos, según las lenguas), lo cual sería sencillamente imposible o, en todo caso, falso.

El insulto es eficaz precisamente porque no funciona como un enunciado “constatativo”, sino más bien como un nombre propio, porque llama en el lenguaje de un modo que el llamado no puede aceptar, y del cual sin embargo no puede defenderse, como si alguien se obstinara en llamarme Gastón sabiendo que me llamo Giorgio. Lo que ofende en el insulto es, así, una pura experiencia del lenguaje y no una referencia al mundo.

Si esto es verdadero, “amigo” compartiría esta condición, además de con los insultos, con los términos filosóficos, que, como se sabe, no tienen una denotación objetiva, y, como aquellos términos que los lógicos medievales definían como “transcendentes”, significan sencillamente el ser.

Giovanni Serodini, Incontro di San Pietro e San Paolo sulla via del martirio, 1625.
 
Quisiera que observen ahora con cuidado la reproducción del cuadro de Giovanni Serodini que tienen antes sus ojos. La tela, conservada en la Galería nacional de arte antiguo de Roma, representa el encuentro de los apóstoles Pedro y Pablo en la calle del martirio. Los dos santos (inmóviles, ocupan el centro de la tela, rodeados por la gesticulación desordenada de los soldados y los verdugos que los conducen al suplicio. Los críticos a menudo han hecho notar el contraste entre el rigor heroico de los dos apóstoles y la confusión de la muchedumbre, iluminada aquí y allá por las luces salpicadas sobre los brazos, sobre los rostros, sobre las trompetas. Por mi parte, creo que lo que hace que este cuadro sea incomparable es que Serodine ha representado a los dos apóstoles tan cercanos, con las frentes casi pegadas la una sobre la otra, que no pueden verse en absoluto: sobre la calle del martirio, se miran sin reconocerse. Esta impresión de una proximidad por así decir excesiva es todavía mayor dado el gesto silencioso de las manos que se estrechan por lo bajo, apenas visibles. Siempre me ha parecido que este cuadro contiene una perfecta alegoría de la amistad. ¿Qué es, en efecto, la amistad, si no una proximidad tal que no es posible hacer de ella ni una representación ni un concepto? Reconocer a alguien como amigo significa no poderlo reconocer como “algo”. No se puede decir “amigo” como se dice “blanco”, “italiano”, “caliente” —la amistad no es una propiedad o una cualidad de un sujeto—.

Pero es tiempo de comenzar la lectura del pasaje de Aristóteles que me proponía comentar. El filósofo dedica a la amistad un verdadero tratado, que ocupa los libros octavo y noveno de la Ética para Nicómaco. Dado que se trata de uno de los textos más célebres y controvertidos de toda la historia de la filosofía, daré por descontado el conocimiento de las tesis más consolidadas: que no se puede vivir sin amigos; que es preciso distinguir la amistad fundada sobre la utilidad o sobre el placer de la amistad virtuosa, en la cual el amigo es amado como tal; que no es posible tener muchos amigos; que la amistad a distancia tiende a producir olvido, etcétera. Todo esto es archisabido. Hay, en cambio, un fragmento del tratado que me parece no ha recibido la suficiente atención, aunque contiene, por así decir, la base ontológica de la teoría. Se trata de 1170 a 28 - 1171 b 35. Leamos juntos el pasaje:
El que ve, siente (aisthánetai) el ver; el que escucha, siente el escuchar, el que camina, siente el caminar, y así para todas las otras actividades hay algo que siente que estamos ejerciéndolas, de modo que si sentimos, nos sentimos sentir, y si pensamos, nos sentimos pensar, y esto es lo mismo que sentirse existir: existir significa en efecto sentir y pensar. Sentir que vivimos es de por sí dulce, ya que la vida es por naturaleza un bien y es dulce sentir que un bien tal nos pertenece. Vivir es deseable, sobre todo para los buenos, ya que para ellos existir es un bien y una cosa dulce. Con-sintiendo, prueban la dulzura por el bien en sí, y lo que el hombre bueno prueba con respecto a sí, también lo prueba con respecto al amigo: el amigo es, en efecto, un otro sí mismo. Y como, para cada uno, el hecho mismo de existir es deseable, así -o casi- es para el amigo. La existencia es deseable porque se siente que ella es una cosa buena y esta sensación es en sí misma dulce. Pero entonces también para el amigo se deberá consentir que él existe, y esto adviene en el convivir y en el tener en común (koinomeîn) acciones y pensamientos. En este sentido se dice que los hombres conviven (syzên), y no como el ganado, que comparte la pastura. [...] La amistad es, en efecto, una comunidad y, así como es con respecto a sí mismo, así también para el amigo: y como, con respecto a sí mismo, la sensación de existir es deseable, así también será para el amigo.
Se trata de un pasaje extraordinariamente denso, porque allí Aristóteles enuncia tesis de la filosofía primera que no es dado hallar bajo esta forma en ningún otro de sus escritos:
1) Hay una sensación del ser puro, una aísthesis de la existencia. 2) Esta sensación de existir es en sí misma dulce. 3) Hay una equivalencia entre ser y vivir, entre sentirse existir y sentirse vivir. Es una decidida anticipación de la tesis nietzscheana según la cual “ser: no tenemos de ello otra experiencia más que vivir”. 4) En esta sensación de existir insiste otra sensación, específicamente humana, que tiene la forma de un con-sentir la existencia del amigo. La amistad es la instancia de este con-sentimiento de la existencia del amigo en el sentimiento de la existencia propia.
Pero esto significa que la amistad tiene un rango ontológico y, al mismo tiempo, político. La sensación del ser está, de hecho, siempre re-partida y com-partida y la amistad nombra este compartir.
5) El amigo es, por esto, un otro sí, un alter ego.
Llegados a este punto, el rango ontológico de la amistad en Aristóteles se puede dar por descontado. La amistad pertenece a la protè philosophía, porque lo que en ella está en cuestión concierne a la misma experiencia, la misma “sensación” del ser. Se comprende entonces por qué “amigo” no puede ser un predicado real, que se suma a un concepto para inscribirlo en una cierta clase. En términos modernos, se podría decir que “amigo” es un existencial y no un categorial. Pero este existencial —como tal, no conceptualizable— está atravesado sin embargo por una intensidad que lo carga de algo así como una potencia política. Esta intensidad es el syn, el “con” que reparte, disemina y vuelve compartible la misma sensación, la misma dulzura de existir.

Que este compartir tiene, para Aristóteles, un significado político, está implícito en un pasaje del texto que acabamos de analizar y sobre el cual es oportuno volver: Pero entonces también para el amigo se deberá con-sentir que él existe, y esto adviene en el convivir y en el tener en común (koinoneîn) acciones y pensamientos. En este sentido se dice que los hombres conviven (syzên), y no como el ganado, que comparte la pastura.

 La expresión que hemos traducido como “compartir la pastura” es en tò autò némesthai. Pero el verbo némo —que , como se sabe, es rico en implicaciones políticas, basta pensar en el derivado nómos— también significa: “formar parte”, y la expresión aristotélica podría querer decir sencillamente “formar parte de lo mismo”. Es esencial, en todo caso, que la comunidad humana sea definida aquí, con respecto a la animal, a través de qn convivir (syzên adquiere aquí un significado técnico) que no está definido por la participación en una sustancia común, sino por un compartir puramente existencial y, por así decir, sin objeto: la amistad como con-sentimiento del puro hecho de ser. El que esta sinestesia política originaria se haya convertido con el tiempo en el consenso al cual confían hoy sus suertes las democracias en la última, extrema y exhausta fase de su evolución es, como se suele decir, otra historia, sobre la cual los dejo reflexionar.

Giorgio Agamben (traducción de Flavia Costa)

sábado, marzo 17, 2012

Carta del Profeta a Pedro


Cuernavaca, Morelos, 18 de marzo de 2012.

Santísimo Padre, hermano en Cristo, Benedicto XVI:

Te hablo de tú, porque Cristo nos enseñó a hablarle al Padre y al hermano con ese tú tan familiar, tan íntimo como el del amor trinitario; con ese tú, que en el yo que habla y se convierte en el nosotros de la comunidad. Te hablo de tú, en nombre de ese nosotros, porque sabemos que vienes a México y que llegas en las proximidades de la Semana Santa, esa semana misteriosa y terrible donde el inocente de los inocentes padece la traición, el sufrimiento y la desesperación, esa semana en la que yo, hace un año y al igual que nuestro Padre, tuve que padecer el doloroso asesinato de un hijo; esa semana en la que desde entonces como poeta e hijo de la Iglesia me uní a la voz de todos, las madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas, que han padecido ese mismo dolor deh Padre que la Iglesia entera volverá a sentir esta próxima Pascua.

Por eso, antes de tu llegada a México, he venido en nombre de ese nosotros hasta Roma para decirte, desde nuestro dolor de víctimas, que México vive en el sufrimiento de esa semana desde hace cinco años, un sufrimiento que se extiende por el continente americano como el cuerpo vilipendiado de Cristo. Tenemos, según cifras oficiales, 47 mil 551 asesinados de las formas más horribles y despiadadas –esto quiere decir más de los muertos en Irak en el mismo periodo y casi dos veces más del número de víctimas en Afganistán–, más de 20 mil desaparecidos de los cuales el gobierno no puede dar cuenta de su paradero, más de 250 mil desplazados y de migrantes centroamericanos viviendo en condiciones inhumanas –a los que día con día se agregan decenas de más muertos, de más desaparecidos y desplazados– y un 98% de impunidad. Esto quiere decir que si alguien asesina, secuestra o explota a alguien hay sólo el 3% de posibilidad –es decir, casi nada—de que se le atrape y se le castigue conforme a la ley.

México y Centroamérica, amado Benedicto, son en este momento el cuerpo de Cristo abandonado en el Huerto de Getsemaní y crucificado en medio `e dos delincuentes. Un cuerpo, como el de Nuestro Señor, sobre el que ha caído toda la fuerza de la delincuencia, de las omisiones y graves corrupciones del Estado y sus gobiernos, de la prohibición del consumo de drogas en Estados Unidos, de su producción de armas que pasan ilegalmente a nuestro país para armar a los delincuentes, del lavado de dinero que deja cuantiosas sumas, de una Iglesia jerárquica que –con sus excepciones y su mejor rostro, los religiosos— guarda un silencio cómplice, y de un mundo –ese american way of life– que ha reducido todo a la producción, el consumo y el dinero, instrumentalizando a los seres humanos; un cuerpo, como el de nuestro Señor, herido, llagado, vilipendiado, humillado, criminalizado, mezclado con asesinos, vive en la inseguridad, la injusticia y el llanto; un cuerpo, que en los miles de rostros que hemos visto en nuestro largo peregrinar por la nación, reuniéndolos, consolándolos y visibilizándolos, en su angustia, en sus palabras de miedo, de coraje y de abandono, pregunta, como Cristo preguntó en Getsemaní y en el Cólgota: ¿Dónde está el Padre? ¿Dónde, después de la Resurrección, están los que representan su amor, los que afirman hablar en su nombre y responder al dolor de Cristo en su pueblo con esa misma esperanza?

Cuando llegues a México, amado Benedicto, y aunque sabemos que sabes de este horror, queremos recordarte que detrás del decorado mediático y político que como siempre te montarán para borrar el cuerpo de Cristo mientras los que dicen representar la palabra de Dios y los que dicen representar la palabra del pueblo lo mantienen secuestrado en el banquillo de los acusados, quienes realmente viene hacia ti son –te lo voy a decir con parte de los versos que María Rivera escribió para describir nuestro dolor– “los descabezados,/ los mancos,/ los descuartizados,/ a las que les partieron el coxis,/ a los que les aplastaron la cabeza,/ los pequeñitos que lloran/ entre paredes oscuras,/ […]/ los que duermen an edificios/ de tumbas clandestinas/ […]/ con los ojos vendados,/ atadas las manos, / baleados entre las sienes./ Vienen los que se perdieron por Tamaulipas, / cuñados, yernos, vecinos,/ la mujer que violaron entre todos antes de matarla,/ el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo/ […]/ los muertos que enterraron en una fosa en Taxco,/ los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,/ los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,/ los muertos que encontraron tirados en Guanajuato,/ los 20muertos que encontraron colgados en los puentes,/ los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,/ los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,/ los muertos que encontraron en coches abandonados,/ los muertos que encontraron en San Fernando,/ las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos/ disueltos en tambos/ […]”, los desaparecidos, a lo que a nadie importa; vienen también los huérfanos, las viudas, los que perdimos a nuestros hijos y carecemos de nombre, porque es antinatural; vienen los migrantes reducidos a lodo, secuestrados, asesinados y enterrados en fosas clandestinas; vienen los mil rostros del cuerpo ofendido, martirizado, destrozado, irreconocible, inconsolable y olvidado de Cristo.

En nombre de ellos, de ese nosotros, de ese cuerpo, he venido a Roma, Benedicto, para pedirte que en tu visita a México lo abraces, antes que a nadie, como el Padre abrazó el cuerpo adolorido y asesinado de Cristo, para que lo lleves en tus brazos y lo consueles; para que nos hagas sentir la respuesta de la resurrección frente a la muerte y el dolor que los criminales, un Estado fracturado y administrado por gobiernos y partidos corruptos y una Iglesia jerárquica que casi siempre responde por sus intereses políticos, nos han impuesto.

México y Centroamérica somos hoy el cuerpo de Cristo que el poder de la delincuencia, del Estado y de las omisiones de gran parte de nuestra jerarquía convirtió en maldición, ese cuerpo desdichado que en sus lágrimas de sangre busca, como Cristo en Getsemaní y en el Gólgota, la respuesta del Padre.

Si tú no la das, amado Benedicto, si tú no reconvienes a nuestra Iglesia para que, como la madre que debe ser, tome –como lo han hecho, contra el poder y sus intereses, quienes han tomado la causa del hombre, del Cristo vilipendiado, que es la causa de Dios– la esperanza en la comunión profunda de la resurrección quedará destrozada en el cuerpo humillado de Cristo que es hoy México, Centroamérica y todos aquellos que aguardan la respuesta del Padre al mal y la injusticia que nos destroza.

Queremos que, a través de ti, que representas el amor del Padre en Cristo, y no el poder del César, que hace componendas, te pedimos que nuestra Iglesia responda por el dolor del hijo y la ayudes a ser verdaderamente Madre: a responder en los actos, en la encarnación de la palabra, lo que algún día la Virgen dijo al más pobre de los pobres en el monte “Tepeyac” frente a su dolor y su humillación: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Recordamos, en este sentido, y para terminar, esas palabras que alguna vez escribiste en tu Jesús de Nazareth en relación con la parábola del Buen Samaritano: Esa parábola, escribiste, “nos da a entender que el agapé [el amor] traspasa todo tipo de orden político con su principio do ut des [“doy para que des”], superándolo y caracterizándolo de modo sobrenatural. Por principio no sólo va más allá de ese orden, sino que lo transforma al entenderlo en sentido inverso: los últimos serán los primeros (Mt XIX, 30). Y los humildes heredarán la tierra (Mt. V, 5). Una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda”.

Ese que te encontrarás en México, amado Benedcito, es el cuerpo destrozado de Cristo que pide en sus víctimas la respuesta del Padre por encima del orden político y del desorden criminal.

Por todo el cuerpo del Cristo sufriente en México,

Paz, Fuerza y Gozo

Javier Sicilia

jueves, febrero 02, 2012

Homenaje a Wisława Szymborska (1923-2012)

A los que posan de nihilistas sabelotodos

La cebolla

La cebolla es otra cosa.
Ni siquiera tiene entrañas.
No es cebolla enteramente,
al más cebolloso grado.
Por fuera tan cebolluda,
cebollina de raíz,
puede escrutarse por dentro
sin ningún remordimiento.

En nosotros todo extraño,
apenas de piel cubiertos,
y una anatomía violenta,
terror de la medicina,
y en la cebolla, cebolla
y no intestinos torcidos.
Desnuda repetidamente
y similar hasta el fin.

Un ser sin contradicciones,
criatura muy bien lograda.
En una cebolla hay otra,
en la grande una pequeña
y así, sucesivamente,
una tercera, una cuarta.
Una centrípeta fuga.
Un eco cantado a coro.
A la cebolla la entiendo:
el mejor vientre del mundo.
Sola se rodea de aureolas
y para su propia gloria.
Nosotros: grasas y nervios,
secreciones y secretos.
Y no se nos ha denegado
la idiotez de lo perfecto.


Advertencia

No lleven a los burlones al espacio,
se lo advierto.

Catorce planetas muertos,
unos cometas, dos estrellas,
y ya de camino a la tercera
los burlones perderán el sentido del humor.

El cosmos es como es,
es decir, perfecto.
Los burlones nunca se lo perdonarán.

Nada les alegrará:
el tiempo, por demasiado eterno,
la belleza, por no tener defectos,
la seriedad, porque no puede ser convertida en broma.
Todos los demás están admirados,
ellos bostezarán.

De camino a la cuarta estrella
será todavía peor.
Amargas sonrisas,
Perturbaciones del sueño, del equilibrio,
Conversaciones estúpidas:
que si un cuervo con queso en el pico,
que si unas moscas en el retrato de Su Majestad,
que si un mono en el baño,
claro, claro, aquello sí era la vida.

Limitados.
Prefieren el jueves a la eternidad.
Primitivos.
Prefieren una nota falsa a la música de las esferas.
Donde mejor se sienten es en las grietas entre
la práctica y la teoría,
la causa y el efecto,
pero esto no es la Tierra, y todo encaja bien.

En el trigésimo planeta
(irreprochable en cuanto a su desertidad)
Rehusarán incluso a salir de sus cabinas,
que si me duele la cabeza, que si me duele el dedo.

¡Qué fastidio, qué vergüenza!
¡Cuánto dinero tirado en el cosmos!


Tomado de: Wisława Szymborska, Poesía no completa, trad. Gerardo Beltrán & Abel A. Murcia, México, FCE, 2008.

‘Vida al instante’ de Wisława Szymborska (1923-2012)

Para J., D. y A.


Vida al instante.
Representación sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.

No conozco el papel que tengo.
Sólo sé que es mío, intransferible.

De qué trata la obra,
tengo que adivinarlo sobre el propio escenario.

Mal preparada para el honor de vivir,
apenas si aguanto el ritmo de la acción impuesto.
Improviso, aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de las cosas.
Mi forma de ser huele a provincial.
Mis instintos son los de un aficionado.
El miedo escénico, como justificación, me humilla mucho más.
Siento como crueles las circunstancias atenuantes.
Imposible retirar palabras y reflejos,
las estrellas no contadas,
el carácter, abrigo abotonado sobre la marcha:
he aquí los lamentables sucesos de estas prisas.

¡Si pudiera ensayar aunque fuera sólo un miércoles antes
o repetir otra vez al menos un jueves!
Pero ahí está el viernes con un guión que desconozco.
¿Es justo? —pregunto
(con la voz ronca,
porque ni siquiera me han dejado aclararme la voz
entre bastidores).

Ilusorio es pensar que se trata únicamente de un examen superficial
que tiene lugar en una sala fortuita. No.
Estoy de pie entre los decorados y veo lo sólidos que son.
Me sorprende la precisión de todo este atrezzo.
Los sistemas rotatorios funcionan ya desde hace tiempo.
Han sido encendidas incluso las más lejanas nebulosas.
Ah, no me cabe duda de que se trata del estreno.
Y haga lo que haga
se convertirá para siempre en lo que hice.

Wisława Szymborska

Tomado de: Wisława Szymborska, Poesía no completa, trad. Gerardo Beltrán & Abel A. Murcia, México, FCE, 2008.

domingo, diciembre 25, 2011

‘Sermón de Navidad’ de Martín Lutero

Albrecht Dürer, La Natividad, s/a

‘El Evangelio es tan claro que no necesita muchas interpretaciones. Sólo requiere que lo miremos y contemplemos y que lo dejemos penetrar hasta lo más hondo de nuestro corazón. Sólo aprovecha a los que, aquietando su corazón, se olvidan de todas las cosas y sólo ponen la atención en sus páginas. Es como el sol sobre las aguas quietas: vemos sus reflejos y nos calienta. Mas el sol, sobre las aguas agitadas, no se ve, y tampoco nos calienta. Si queréis, pues, iluminación y calor, la gracia divina y sus milagros; si queréis tener el corazón ardiente, alumbrado, devoto y alegre, id allí donde encontráis quietud y las imágenes penetran en vuestro corazón, y hallaréis milagro sobre milagro.

¡Cuán sencilla y simplemente tienen lugar en la tierra los sucesos que tan ensalzados son en el cielo! En la tierra sucedió de esta guisa: Había una pobre y joven esposa, María de Nazaret, entre los pobladores más pobres de la aldea, tan poco estimada que nadie se dio cuenta de la gran maravilla que ella llevaba. Era callada, no se vanagloriaba, sino que servía a su marido, José, pues no tenían sirvienta ni mozo. Ellos simplemente abandonaron su casa. Quizá tenían un asno para que María cabalgara, aunque los evangelios no dicen nada de él, y bien podemos suponer que fuera a pie. El viaje era, por cierto, de más de un día desde Nazaret de Galilea hasta Belén, en el país judío que se halla al otro lado de Jerusalén. José había pensado: “Cuando lleguemos a Belén, esteramos entre parientes y podremos pedir prestado todo”. ¡Buena idea! Ya era bastante malo que una joven desposada, casada hacía solamente un año, no pudiera tener un hijo en Nazaret en su propia casa y tuviera que hacer todo ese viaje de tres días estando encinta. ¡Cuánto peor aun el que cuando llegara no hubiera lugar para ella! La posada estaba llena. Nadie quiso ceder su habitación a una mujer embarazada. Tuvo que ir a un establo y allí dar a luz al Hacedor de todas las criaturas a quien nadie quería hacer lugar. ¡Qué vergüenza, malvado Belén, habría que haber pegado fuego a esa posada! Pues aun cuando la virgen María hubiera sido una pordiosera o no hubiera estado casada, todos en ese momento deberían haberse alegrado de poder prestarle ayuda. Hay muchos de vosotros en esta congregación que pensáis: “Si yo hubiera estado allí! ¡Cuán pronto hubiera estado para ayudar al Niño! Le hubiera lavado los pañales. ¡Ojalá yo hubiese tenido la suerte, como los pastores, de ver al Señor yaciendo en el pesebre!”. Sí, ahora lo haríais, porque conocéis la grandeza de Cristo, pero en aquel entonces no os hubierais comportado mejor que la gente de Belén. ¡Qué pueriles y tontos pensamientos son ésos! ¿Por qué no lo hacéis ahora? Tenéis a Cristo en vuestro prójimo. Debéis pues lo que hacéis a favor de vuestro prójimo necesitado lo hacéis al Señor Jesucristo mismo. El nacimiento fue aún más lastimoso. Nadie se compadeció de esa joven esposa que daba luz a su primogénito; nadie la atendió; nadie reparó en su vientre grávido; nadie se dio cuenta de que en ese extraño lugar no tenía la menor cosa para un parto. Allí estaba sin nada preparado: sin luz, sin fuego, en plena noche, sola en la obscuridad. Nadie le prestó la ayuda habitual. Todos están beodos y alegres en la posada, un pulular de huéspedes de todas partes, de modo que nadie se ocupa de esa mujer. También creo que ella misma no se había percatado que su alumbramiento no estaba tan próximo; si no, se hubiera quedado en Nazaret. Y podéis imaginar qué clase de paños pueden haber sido aquellos en que lo envolvió. Quizás su velo, pero no por cierto los pantalones de José, que ahora se exhiben en Aquisgrán.

Pensad, mujeres, que allí no había nadie para bañar al Niño. Nada de agua caliente, ni siquiera fría. Ningún fuego, ninguna luz. La madre tuvo que ser ella misma comadrona y criada. El frío pesebre fue cama y baño. ¿Quién enseñó a la pobre muchacha lo que debía hacer? Nunca antes había tenido un hijo. Me maravilla que el pequeño no muriera de frío. No hagáis de María una piedra. Pero cuanto más altas están las gentes en el favor de Dios, tanto más frágiles son.

Cuando meditamos, pues, sobre el Evangelio del Nacimiento, hay que imaginar que todo sucedió del mismo modo que con nuestros hijos. Contemplad a Cristo yaciendo en el regazo de su joven madre. ¿Qué cosa puede ser más dulce que el Niño, qué más encantador que su madre? ¿Qué cosa más hermosa que su juventud? ¿Qué cosa más tierna que su virginidad? Mirad al Niño, ¡cuán inocente es! Sin embargo, todo lo que existe le pertenece, para que vuestra conciencia no le tema sino que busque consuelo en él. No dudéis. Para mí no hay mayor consuelo dado a la humanidad que éste, que Cristo se convirtiera en hombre, en un niño, un infante que jugaba en el regazo y en el pecho de su graciocísima Madre. ¿A quién no reconforta esta visión? Ahora ya está vencido el poder del pecado, de la muerte, del infierno, de la conciencia y de la culpa, si os acercáis a este Niño que juguetea y creéis que ha venido no para juzgarnos sino para salvarnos.’

Martin Luther, c. 1534.

viernes, diciembre 09, 2011

Händel, el anarquista

Independientemente de la crítica trillada (mas no por eso menos atinada) del problema teológico y filosósfico sobre cristianismo y poder, la Navidad de 2011 me invita a y me exige a repetir ciertas verdades de perogrullo.

En primer lugar, habrá que recordar qué significa en verdad la Navidad, cuál es la razón de asuetos, cenas, compras, regalos y abrazos. Vayamos, pues, a las fuentes:

For unto us a Child is born, unto us a Son is given, and the government shall be upon His shoulder: and His name shall be callèd Wonderful, Counsellor, the Mighty God, the Everlasting Father, the Prince of Peace.



Porque nos ha nacido un niño, un hijo nos ha sido dado. Estará el señorío sobre su hombro, y su Nombre será llamado: Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Siempre Padre, Príncipe de la Paz. [Is IX, 5]

Sí, ¡porque nos ha nacido un niño, un bebé de carne y hueso, que señala el inicio del fin definitivo de la Humanidad! Toda la paz de la humildad, la debilidad, la ternura, la inocencia, que sólo un recién nacido puede traer: así es como acaece la victoria definitiva sobre el mal, el poder corrompido, la guerra y la injusticia. Ésa es la única vía. Y por ello, ese Niño es llamado Príncipe de la Paz: porque es manso, sencillo, amable, dulce, no busca nada para sí y no tiene nada a qué llamar propio. Porque ésa es la paz bíblica: no sólo la ausencia de guerra, sino el imperio de la solidaridad, la justicia, la caridad y la gratuidad.

Hoy, en cambio, resulta que hasta Fidel Castro (el mismo que, en 1962, incitó a Jrúshchiov a llenar Cuba de misiles...) advierte al mundo contra la guerra nuclear, dado el inminente peligro de que Israel y/o EE. UU. ataquen al integrista Irán una vez que se confirme su largamente sospechado desarrollo de armas nucleares, y puesto que Rusia ha enfríado sus relaciones con Estados Unidos, Europa y la OTAN como nunca desde 1989...

Lo cual me hace cuestionar, con el Salmista y con Händel:

Why do the nations so furiously rage together?
[and] why do the people imagine a vain thing?
The kings of the earth rise up, and the rulers take consel together against the Lord,
and against His Anointed.



¿Por qué se amotinan las naciones
y los pueblos conspiran en vano?
Los reyes de la tierra se sublevan,
los príncipes a una se alían
en contra del Señor y de su Ungido. [Sal II, 1-2]

¿Por qué empeñarse, pues, en la misma manera de pensar y hacer las cosas de siempre? ¿Qué no fue suficiente el siglo XX con sus horrores y calamidades? ¿Por qué las naciones se sublevan contra un Orden mayor, que toda persona de buena voluntad anhela y que cualquier Hombre sensato conoce? ¿Por qué rebelarse contra la civilización del amor, el Reino de Dios, el Shalom bíblico? ¿No es una mejor opción que mantener todo como está, a pesar de que resulta obvio que hemos fracasado incluso como especie (con 2/3 partes de la Humanidad malviviendo en la pobreza, a punto de destruir al planeta), por no mencionar la vergüenza que somos como familia humana?

Tan sencillo: porque el poder y el falso saber (la seguridad que por naturaleza busca todo ser) sólo pueden afirmarse a sí mismos: no admiten nada mayor que ellos y subsisten por sobre todo lo demás. La precariedad de la gracia, en cambio, corroe desde sus cimientos todas sus pretensiones, y por ello le oponen resistencia. Mas el Niño del pesebre, con su yugo suave y carga ligera, ha venido a anunciar la abolición de la mentira y el derrocamiento del poder idolátrico:

Let us break their bonds asunder, and cast away their yokes from us.



Rompamos sus cadenas,
sacudámonos sus riendas. (Sal II, 3)

Y si Dios mismo incita la rebelión y fomenta la subversión del status quo es porque el ídolo del poder requiere todo el culto para sí y exige víctimas. Mas no puede haber dos Dioses. El Señor de los ejércitos celestiales, no obstante, lo ha vencido ya, revirtiendo su jugada: desde la pobreza del portal de Belén y la fragilidad del pesebre. Por eso, la victoria está de antemano asegurada y las consecuencias advertidas:

He that dwelleth in heaven shall laugh them to scorn;
the Lord shall have them in derision.


Thou shalt break them with a rod of iron;
Thou shalt dash them in pieces like a potter's vessel.




El que habita en el Cielo se ríe,
el Señor se burla de ellos.

Los machacarás, Señor, con cetro de hierro,
los pulverizarás, oh Dios, como vasija de barro. (Sal II, 4.9)

¿Y qué nos sorprenden las amenazas y las duras palabras, si ya lo había dicho por boca de sus profetas y en el momento mismo de hacerse carne en el vientre de una muchacha?

Every valley shall be exalted, and every mountain and hill made low;
the crooked straight, and the rough places plain.




Todo valle será elevado, y todo monte y cerro rebajado;
volveráse lo escabroso, llano; y las breñas, planicie. (Is XL, 4)

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías. (Lc I, 51-53)

Y eso será cuanto ha de acarrear el haber claudicado ante Mammon y haber entronizado las maneras de hacer las cosas según el mundo: como los cristianos con belenes de plata, cenas pantagruélicas y gastos millonarios para celebrar el nacimiento, en pobreza extrema, de Aquel que ha venido a reinar sobre reyes y establecer un Reino donde ya no mueran unos de inanición y otros de obesidad:

Hallelujah! for the Lord God omnipotent reigneth.
The kingdom of this world is become the kingdom of our Lord, and of His Christ: and He shall reign for ever and ever.

King of Kings, and Lord of Lords!
Hallelujah!




¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso!
Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y su Cristo;
y reinará por los siglos de los siglos.

¡Rey de reyes y Señor de señores!
¡Aleluya! (Ap XIX, 6; XI, 15; XIX, 16)

G. G. Jolly

jueves, noviembre 17, 2011

sábado, noviembre 05, 2011

Carta de Jon Sobrino, SJ a Ignacio Ellacuría, SJ†

Querido Ellacu:


Es una ficción escribirte, pero quizás de este modo nos digamos a nosotros mismos cosas que pueden ser importantes. Y con ello también quisiera ambientar un poco el aniversario de su martirio. Te voy a hablar de tres cosas de actualidad, tal como las veo, que tienen que ver con lo que tú fuiste y dijiste.

1. El ‘siempre’ del pueblo crucificado. Ya no se habla mucho de ‘pueblos crucificados’, como lo hicieron tú y Monseñor Romero, llegando a esa genial formulación, creo que independientemente el uno del otro, y guiados del mismo espíritu salvadoreño y cristiano. Y menos aún se insiste en que ese pueblo crucificado es ‘siempre’ el signo de los tiempos como lo escribiste en el exilio de Madrid. La razón para ese silencio no es que vuelva a estar en boga el pensamiento utópico de Ernst Bloch, filósofo, o de Teilhard de Chardin, teólogo. Tampoco es que el mundo esté mejorando, pues sigue gravemente enfermo, como dijiste en tu último discurso. Creo que la razón es que hoy hay menos profetas y que ha empeorado la honradez con lo real. Hablar del ‘siempre’ no solo no es políticamente correcto, sino que es locura impensable. Pero no hay que darle vueltas. Siguen existiendo Haití y Somalia, y entre nosotros se ha propagado una nueva epidemia: el homicidio. De 12 a 15 asesinatos diarios en los últimos años. Es la enfermedad que produce más muertes. Lo light ha avanzado mucho en el modo de pensar y lo políticamente correcto se ha apoderado del lenguaje: ‘vulnerabilidad’, ‘los menos favorecidos’, ‘países en vías de desarrollo’. Nada suena mal.

Por ello, mencionar el ‘siempre’ del pueblo crucificado parece ser cosa de masoquistas irredentos. Pero no es así. En el país siempre llueve cada año, y siempre hay torrentes, destrucción y muerte. Pero también siempre son los mismos los que sufren las consecuencias, los que viven en quebradas, en champas y casas pobres. La pregunta de Gustavo Gutiérrez sigue siendo la pregunta fundamental: ‘¿dónde dormirán los pobres?’. Hay pueblos depredados como el Congo, pueblos ignorados como Haití, pueblos inundados, como los nuestros... Siguen siendo el pueblo crucificado.

¿Y los ricos y poderosos? Siempre sufren algunos daños, pero casi siempre los superan sin mucho costo. Y nada digamos de las crisis financieras. Se invierten miles de millones de dólares o euros para que no se hunda el sistema. El pueblo crucificado no da la vida por supuesto, pero los pueblos ricos sí, y además tienen la profunda convicción de ser los elegidos: dan por supuesto la vida, y están convencidos de que el buen vivir les es debido. Si a ellos les ocurre algo grave elevan la realidad a escándalo metafísico. Pero si ocurren cosas mucho más graves en África o en el Bajo Lempa, no hay tal escándalo. Pertenece al existencial histórico de haber nacido pobres. Es el ‘siempre’ del pecado.

Pero quiero añadir, Ellacu, e insistir, en que hay también otro ‘siempre’. Hay mucha gente honrada que trabaja para que ‘el pueblo inundado’ —hablamos de El Salvador— no acabe muriendo como ‘pueblo desplazado’ o como ‘pueblo ahogado’. La entrega y la bondad también tienen su ‘siempre’. Es el siempre de la gracia.


Y a veces surge un Dean Brackley, SJ. Cuando le dicen que muchos rezan por él, contesta con toda sencillez: ‘Recen por los que tienen cáncer y no pueden tener la atención médica que yo tengo. Y recen por los que estos días se han quedado sin casa y sin comida’. Volveremos a Dean.

2. ‘Qué hacer con los buenos’. La pregunta puede extrañar, pero se me ha impuesto, debido al revuelo que ha causado la audiencia de Madrid. Trabajar para que se juzgue a los responsables últimos de tantos asesinatos en este país, los de ustedes y los de dos mujeres inocentes, es cosa muy buena y muy necesaria. Puede traer muchos bienes. Puede ser una gran ayuda, y muy necesaria, para que se acabe, o disminuya, la impunidad.

Por cierto, no ha salido en las noticias, pero mucho nos hemos alegrado de que los militares argentinos que en 1976 ordenaron el asesinato del obispo Enrique Angelelli vayan a ser juzgados 35 años después. Es un ejemplo, poco extendido, de que la verdad puede triunfar sobre la mentira y el encubrimiento, que tienen millones de dólares y armas sofisticadas a su servicio; que la justicia puede triunfar sobre la crueldad y la vileza; que la civilización de la impunidad, muy afín a la civilización de la riqueza contra la que nos advertiste tercamente hasta el final, se vea un poco frenada. Con el juicio de los militares argentinos no desaparecen todos los males, y el mundo del capital, aun con algunos avances y algo de democracia, sigue produciendo víctimas impunemente. Y ha conseguido crear una civilización de encubrimiento, aunque siempre hay quien lo desenmascara de diversas formas: obispos como Casaldáliga, ‘los indignados’... Esperamos que la audiencia de Madrid tenga éxito, y que en El Salvador ocurra lo de Argentina, aunque, evidentemente, hay fuerzas poderosísimas que están en contra de que eso ocurra.

En esta situación, me ha venido a la mente una pregunta que puede parecer rara. Dicho con sencillez, parece que sabemos qué hacer ‘con los malos’, de modo que nuestro proceder con ellos produzca bienes, por supuesto: instaurar verdad y justicia en el país, llegar a ofrecer perdón —aunque más difícil que perdonar es dejarse perdonar—. Y hay gente muy buena que trabaja por ello.
También sabemos, al menos en principio, qué hacer con las víctimas: lo que Puebla dice que Dios hace con los pobres, ‘tomar su defensa y amarlos’. Y éstas no son, en absoluto, palabras inocentes, pues tomar su defensa supone inevitablemente entrar en graves conflictos con quienes los oprimen. Significa entrar ‘en la lucha por la justicia’, ‘la lucha crucial de nuestro tiempo’, como dijo la Congregación General XXXII [de la Compañía de Jesús]. No muchos lo hacen, pero la idea queda clara.

Pero ¿sabemos qué hacer ‘con los buenos’, con los santos? Ciertamente, ponerlos a producir, aprender de ellos, sus ideas y convicciones, sus modos de actuar... Y agradecerles. Es lo que solemos decir y procuramos hacer.

¿Pero nos planteamos de verdad qué hacer con ellos? Estos días nos topamos con la pregunta de qué hacer con Dean Brackley. Hemos velado y acompañado su cadáver. El amor y el agradecimiento se han desbordado, con lágrimas y gozo, en muchas celebraciones, en el cementerio.

Pero me queda el desasosiego de saber bien qué hacer con Dean, con Monseñor Romero, con gente como ustedes. Con Jesús de Nazaret. La respuesta es sencilla: ser como ellos, seguirlos en su hacer y en su ser, imitarlos, historizadamente, como tú decías. En definitiva, dejarnos afectar por ‘los buenos’ y los santos en nuestro hacer. Y más profundamente todavía en nuestro ser.

Entiéndeme bien, Ellacu. Bueno y necesario es saber reaccionar ante lo que hacen ‘los malos’, y actuar adecuadamente con ellos. Bastantes personas e instituciones lo hacen. Pero creo que debemos avanzar en reaccionar como es debido ante ‘los buenos’, intentando ser como ellos. Difícil, sí. Pero necesario para humanizar este mundo. Y también esta Iglesia.

3. Dean Brackley. Ellacu, estas palabras te sonarán. ‘Con Dean Brackley, Dios pasó entre nosotros’. Pienso que no hay mayor confesión de fe que afirmar que Dios sigue pasando por nuestro mundo. Es la fe que más me llena. Y como Dios se hace presente en seres humanos, ellas y ellos, jóvenes y viejos, salvadoreños y norteamericanos, mártires y confesores, como se decía antes, el misterio se desdobla de muchas formas, convergentes, y así es un misterio mayor. Dios pasó con Monseñor y Dios pasó con Dean.

En los muchos testimonios de esta Carta a las Iglesias —‘Amor y Testimonios’ lo titulamos— se narra ese paso de Dios. Elijo sólo uno, el de la doctora Miny: ‘Dean, I love you so much... for ever’. Es lenguaje bello y de eternidad. Lenguaje que remite a Misterio. También Dean, semanas antes de morir, habló en su testamento del paso de Dios, en él, con gran humildad, sencillez y lucidez. Ahora, en otro lenguaje, más conceptual, pero espero que comprensible, quiero hablarte de Dean ante Dios y de Dean con Dios.

Lo primero es que Dean murió empapado de Dios. Así lo veo, aunque en ese misterio solo se puede entrar de puntillas. En su último libro cuenta Dean sus problemas con Dios, sus épocas de agnosticismo, que no fue cosa de poca monta. Me recordó unas palabras tuyas de junio de 1969 que he citado muchas veces: ‘Rahner lleva con elegancia sus dudas de fe’, y pensé que algo semejante te ocurría a ti. Pero a lo largo del libro, Dean ofrece su propia fe, honda y sencilla, y muy real. Y los lectores quedan sorprendidos al leer el prólogo escrito por la encargada de la editorial para juzgar sobre la calidad del libro. Se reconoce agnóstica, sin que el asunto de Dios le preocupe gran cosa. Pero confiesa que, leyendo el texto, su interés profesional se convirtió en interés existencial, personal. El texto le llevó a Dios, y Dean la bautizó un año después. Luchando con Dios, como Jacob, o dejándose seducir por Dios, como Jeremías, Dean llegó a Dios. Y quedó empapado de Dios.

En ese proceso Dean confiesa con inmensa gratitud que se encontró con los pobres. Cuántas veces escribiste, Ellacu, que los pobres son el lugar del evangelio y el lugar de Dios. Y también recuerdo las palabras de Porfirio Miranda: ‘El problema no es buscar a Dios, sino buscarlo allá donde Él dijo que estaba. En los pobres’. Es cierto que no siempre se encuentra a Dios, aun estando entre los pobres, pues entre ellos y trabajando por ellos, hay agnósticos que son espléndidos seres humanos, y siguen siendo agnósticos. Pero en la mejor tradición de Jesús, el Dios que se encuentra entre los pobres tiene un sabor especial. Pienso que la misericordia se puede hacer más delicada, la justicia más firme, la verdad más sin componendas y la fidelidad más sin medir los costos.

El Dean empapado de Dios fue un ejemplo notable de interesarse por todas y cada una de las personas con quienes convivió y a quienes buscó. Todas y cada una de ellas, compañeros jesuitas, familiares, feligreses de Jayaque y de la UCA, amigos y amigas, salvadoreños, norteamericanos y europeos, y por supuesto los desheredados y pequeños, tenían un nombre muy concreto para él. Cada uno era inintercambiable con otros. Eso hizo que su servicio fuese de gran finura. Y me recuerda al Jesús que conocía a todas sus ovejas por sus nombres.

Y su Dios fue, de verdad, el de la creación. No por moda, algunas de las cuales son muy buenas, Dean puso gran interés en la mujer y el feminismo, en el ecumenismo, y era muy amigo de gente de otras iglesias, en la ecología, y creo que hasta en las causas indígenas. Los argumentos fundamentales no eran categoriales, ni tomados de normas de la jerarquía ni de la doctrina social. Creo que para Dean el gran argumento era que Dios es un Dios de todos.


Dean me ha recordado unas palabras de Monseñor Romero que he citado muchas veces. Son del 10 de febrero de 1980, en medio de la barbarie que reinaba en el país. Dijo Monseñor. ‘¡Quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez!’. Para Monseñor Romero Dios no empequeñecía al hombre, pero para el hombre era bueno empequeñecerse ante Dios.

Esto me recuerda a Dean. Nunca pensó que era grande. Nunca se puso en primer lugar, ni hablaba de sí mismo cuando las cosas salían bien —‘ha sido un éxito’—, aunque las hubiera hecho él. Simplemente, se alegraba del bien. Me recordaba a Pablo en su Carta a los corintios: ‘El amor es paciente, es afable, el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre’. En esto Dean me recordaba al gran Padre Arrupe. Creo que siempre pensó en los demás antes que en sí mismo. Nunca se preocupó de que reconocieran lo bueno que hacía. No es frecuente, y por eso sorprende e impacta. Y ayuda también a desabsolutizarnos y a vivir con alegría nuestra pequeñez ante Dios, como decía Monseñor.

Una ultima reflexión. Ellacu, Dean no murió mártir como ustedes, pero sus últimos meses fueron un martirio, de cuerpo, por los sufrimientos de un cáncer de páncreas muy doloroso, y de alma, cuando le asaltaban miedos, sentirse solo, que no le recordasen. No murió crucificado, pero vivió hasta el final participando activamente en las cruces de este mundo. Trabajó con poder, es decir, con fuerza y energía, para bajarlos de la cruz. Y murió con amor silente e indefenso. Como el Dios crucificado.

Las últimas palabras de Dean son palabras de gratitud, a fondo perdido, sin poder poner pie en tierra firme. Pero la gratitud vive de otros y para otros, de Dios y para Dios. Los agradecidos pueden hacer que la realidad sea gracia. Ellacu, si me permites la expresión —creo que es un neologismo— los agradecidos pueden ‘buenear’ la realidad. Es lo que hizo Dean.

Ellacu, ya ves que, en medio de muchos males y a pesar de todo, estamos contentos. Ustedes, Julia Elba y Celina, Jon Cortina y el padre Ibisate, ahora nuestro querido Dean Brackley, han estado con nosotros. Y con ustedes Dios ha estado con nosotros. No se puede pedir más.

sábado, agosto 13, 2011

Quiniela papal

No que no le desee buena salud y larga vida a Benedicto XVI, apreciado y respetado por mí en gran medida (aun si este año ha caído de su añeja primacía en mis afectos), pero, dados sus 84 años, me atrevo a echar los dados de la quiniela al aire y sugerir tres nombres de pastores prominentes que considero inteligentes, carismáticos y fieles a la Tradición (cristiana), a la vez que nada temerosos del mundo posmoderno. Ya dirá el Espíritu qué le depara a la Iglesia. Por favor, comenten y háganme saber sus opiniones.







martes, agosto 09, 2011

Por qué NO defender la ‘filosofía’ en las escuelas públicas


La supuesta, prevista, negada y, a la mera hora, confusa (¿y qué no en México?) eliminación de las materias filosóficas (ética, lógica, estética y filosofía) del programa educativo de bachillerato elucubrada por la SEP no ha hecho otra cosa que atizar a los comentócratas y promover el ‘activismo’ de las redes sociales, ambos, con su consabido moralismo y tono pontificante. La realidad es que estas reacciones, como síntomas del principal producto de la educación pública en México (en todos sus niveles), i. e. la mediocridad, no son razones en contra, sino a favor de que se destierren esas materias de una vez y para siempre (y, ya que estamos encarrerados, a la SEP y la educación pública con ellas).

Me explico, antes de que los susodichos (que estudiaron, en su inmensa mayoría, en escuelas privadas y/o bajo el programa de preparatoria de la UNAM, más favorable a las humanidades) se rasguen las vestiduras y me armen un proceso inquisitorial.

En primer lugar, éste es un problema inevitable cuando el Estado se adjudica la potestad de configurar e imponer estructuras, métodos y contenidos en todos los niveles de la educación pública y privada, al avalar y garantizar (eso, en caso de que el Estado tuviese credibilidad de algún tipo) todo certificado o título expedido por las instituciones educativas. Más aún si a este monopolio estatal sobre la educación le añadimos el monopolio sobre el Estado de sindicatos, partidos políticos y mafias, valga la redundancia… Disculpen ustedes si sueno como Lutero y cuestiono el dogma infalible de si es posible la salvación fuera del Estado, en contra de la santísima trinidad: ‘laica, gratuita y obligatoria’. ¿Por qué no, por una vez en la vida, dejamos de lado lo ideológico y echamos un vistazo a la realidad (y miren que yo soy el filósofo, supuestamente en las nubes especulando sobre abstracciones inútiles)?


Que la educación en México sea pública (que no es lo mismo que gratuita, porque la pagan los onerosos impuestos sobre la clase media) y obligatoria, en la práctica quiere decir que el señor Lujambio, la señora Elba Esther y la hidra burocrática fuerzan a los niños pobres, cuyos padres no pueden pagar escuelas privadas (un tanto menos peores que las públicas), a estudiar lo que a ellos les dé la gana de enseñar; tonterías como: ‘Hidalgo bueno, Iturbide malo’; ‘Juárez santo, Díaz demonio’; ‘El Himno Nacional Mexicano es el más bonito del mundo… después de La Marsellesa’; ‘ciencia es la que sigue el método empírico-experimental’. Y todo, por encima de sus padres y sus valores (ya lo de ‘laico’ lo dejo para otra ocasión). Y así, si al ‘ogro filantrópico’, como bien bautizó Octavio Paz al Estado postrevolucionario que aún padecemos, se le ocurre un día desterrar para siempre a la filosofía como asignatura, lo hará con la mano en la cintura. Al fin y al cabo a los padres de familia (pobres) jamás se les ha consultado sobre qué se les enseña a sus hijos ni a los pocos contribuyentes tampoco se les pide su opinión sobre sus impuestos (y su cobro es el único acto que nuestro Estado no descuida demasiado). Ambos grupos, sin embargo, sólo cuentan como una cifra, un vulgar porcentaje, cada que hay elecciones.

En segundo lugar, defender a la ‘filosofía’ y el ‘espíritu crítico’ son políticamente correctos, obedecen muy bien a la lógica progre, porque ‘saber es poder’ y porque ‘al Estado le interesa que el pueblo esté desinformado y, por tanto, dócil’, y demás clichés, migajas del 68 y de los filósofos de la sospecha. (Lean si no a este idiota, que hasta la nefanda mano del Vaticano ve conspirando para promover el obscurantismo antifilosófico). Y no estoy diciendo que en el fondo no tengan razón: como lugares comunes y clichés en sentido estricto, tienen algo de verdad. Sin embargo, ese espíritu reivindicativo y moralista, ese saber superfluo y general, denota precisamente el fracaso del monopolio estatal sobre la educación, que ha producido generaciones enteras de moralistas laicos, filósofos de Güemes, lectores esporádicos (de libros de texto y autoayuda), historiadores de monografía de papelería, periodistas metidos a catedráticos y profesionistas cuantiosos en número y descomunales en mediocridad.

En tercer lugar, esa mentada ‘filosofía’ que se quiere erradicar, tal como está diseñada (y yo cursé esas materias, en el sistema abierto de la SEP, así que nadie me lo contó), adolece del mismo problema que otras asignaturas, menos afines al gran público y a los predicadores laicos de la izquierda, salvo a los cientificistas de la secta dawkiniana (física, química, biología, matemáticas): todas ellas están insertas en un modelo educativo ilustrado no sólo perverso, sino, además, caduco y pasado de moda. Desde el siglo XVIII, la educación, vista como la herramienta por excelencia para alcanzar el desarrollo (¿qué es eso?) pleno (¿hasta qué punto?) de la Humanidad, dejó de ser paideia (formación del carácter personal en la virtud, en aras al bienestar individual y comunitario) para volverse technē (una colección de datos abstractos, ‘científicos’, entre más enciclopédicos, mejor, que capacitan para contribuir mejor y en mayor medida al progreso técnico y que son cuantificables y conmensurables: se evalúan con números: calificaciones; y se recompensan con números: salarios). Ya no se educa a las personas para la vida feliz, sino a la fuerza laboral para la eficacia técnica. Si no me creen, presten atención a la retahíla de sandeces empresariales sobre la ‘formación permanente’, ‘diversificación’, ‘productividad’, ‘competitividad’, etcétera. Los efectos humanos y sociales están a la vista de todos, y son desastrosos: estrés, depresión, sedentarismo, outsourcing, salarios mínimos y desempleo permanente después de los cincuenta años... No ahondaré, por ahora, en las causas: los males de la Ilustración, la Modernidad y, uno de sus peores bastardos, el capitalismo global, como tampoco en el fracaso de los métodos didácticos del modelo ilustrado, que siguen en pie no obstante el derrumbe de sus cimientos: la autoridad, la memoria a largo plazo, la universalidad del saber (en tiempos de democracia, Internet y redes sociales o especialización extrema). Para esto, me remito a la breve charla animada de Sir Ken Robinson, teórico de la educación:



De esta manera, la filosofía, lo lógica, la estética y la ética son prostituidas por el sistema educativo vigente: son las credenciales ‘humanistas’ de un modelo radicalmente antihumanista (y deshumanizante, si se me permite añadir). Así, son reducidas, como las demás disciplinas (pensemos, si no, cómo la educación física no es un mens sana in corpori sano, sino una habilidad más que se evalúa de 0 a 10; y la orientación vocacional, que es un sistema teórico y abstracto de toma de decisiones… que también se califica numéricamente), a un mero cúmulo de datos abstractos a ser aprendidos de memoria, sin referencia a la cotidianeidad y despojados de todo contenido vivencial (y aquí, por ejemplo, sí cabe advertir que lo ‘laico’ de la educación pública cercena a la filosofía de varios de sus mayores problemas: la existencia de Dios y la pregunta por el sentido de la vida; asimismo, casi llega a omitir del currículum doce de los veintiséis siglos de su historia, debido a que la filosofía medieval está irremediablemente contaminada de ese germen supuestamente proscrito de las aulas llamado teología). Como si la filosofía científica ya de por sí y por propia culpa no estuviese suficientemente encerrada en sí misma, en las academias y libros para iniciados, relegada de las dudas cotidianas sobre la vida y la muerte, el amor y la libertad, el bien y la justicia, tanto en la vida de la gente de a pie como en las grandes discusiones públicas (mercado, aborto, eutanasia, multiculturalismo). Y me remito al curioso artículo de Stanley Fish del New York Times, ‘Does Philosophy Matter?’ (I y II).


En un país como México, sumido en la pobreza extrema, la desigualdad indignante, la violencia aberrante, estancado económica, política y culturalmente desde hace décadas, en plena decadencia social y moral, ¿no necesita de personas prudentes, virtuosas, críticas y creativas más que de pseudoilustrados, malos resúmenes del Pequeño Larousse Ilustrado? Si bien la gente común puede repetir algunas ideas y datos sueltos que, por azaroso milagro, puede recordar de sus interminables días encerrada en las aulas (y eso explica por qué nuestro nivel de debate es siempre paupérrimo), es extremadamente raro hallar personas con actitudes (es decir, formación humana) de creatividad, crítica, investigación, argumentación, sensibilidad estética, memoria histórica y sentido moral elevado (en este campo, la única verdadera formación no fue la ética teórica, sino la moralina barata, pero práctica, de los medios de comunicación, como Disney y el Cantinflas viejo, y de un deficiente catecismo religioso y/o familiar). No sorprende, por tanto, que México sea un país rezagado en todo (salvo en obesidad, violencia y corrupción), que nada inventa, nada resuelve y nada investiga a fondo por sí mismo. No es casualidad que esos mismos títulos que avala la SEP ya no signifiquen nada. Hoy, decenas de miles de profesionistas que no leen libros ni saben escribir se gradúan cada año: comunicólogos que no tienen nada que comunicar, internacionalistas que no saben ni historia ni geografía, administradores sin empresas que administrar, contadores que no hallan riquezas que contar, abogados y médicos que sirven al dinero y no a la justicia o la gente… por no hablar de los millones de graduados de las escuelas públicas, calificadísimos cajeros de Wal-Mart, ambulantes, viene-vienes, microbuseros…

Si ya es bastante malo que los grandes genios de la ciencia que EE. UU. produce y entrena en el MIT, Harvard o Princeton acaben en Wall Street o alguna gran corporación farmacéutica o armamentística, sin contribuir nada a la sociedad (más bien, ayudando a su destrucción), por lo menos habrá uno que gane un Nobel haciendo algo bueno. Aquí, nuestros ‘ilustrados’ nomás opinan y opinan (la contrario de la verdadera ciencia, según Aristóteles) y ‘defienden’ la ‘filosofía’... por Internet y tuiter.

G. G. Jolly

domingo, julio 31, 2011

La nueva historia de Francisco (IV)

Continuación (aquí la III parte).

Días y meses


Volvió a casa. Aquello era su casa. Aquel fárrago acomodado y climatizado, donde las cosas, ya de por sí muy historiadas, perdían su valor a fuerza de estar amontonadas. Aquella mesa tan inútilmente larga, cuidadosamente puesta, donde hermana agua era una criatura perdida.


Aquél era su padre, Pietro Bernardone. Quería vivir muchos años y bien; por eso iba periódicamente al médico y al dentista, hacía ‘yoga’ cada mañana y ‘relax’ cada noche. Era franco, comprensivo, amable, trabajador, cuidadoso de las relaciones humanas, débil con las trastadas del hijo y enternecido cuando le hablaba de su porvenir. A veces era como un niño y se reía con los mismos chistes que hacen reír a los niños. Pero en la oficina, tras su trinchera de teléfonos, era capaz de morder como una fiera. Dinero y trabajo, trabajo y dinero.


Aquélla era su madre, Pica. Hermosa, triste y callada, una sombra discreta y amable, desconocida y sola. Una pobre mujer vencida que no había sabido convertir su soledad en nada positivo que dar a los demás, a su hijo. Callaba y miraba, pero no sabía hacerse cercana.


Aquéllos eran sus amigos. Ponían discos, bailaban, bebían, discutían de angustia y estructuras. Esperaban que Cesco les asombrase con su inagotable atolondramiento y les hiciese creer que pensaban, proponiéndoles alguna paradoja ingeniosa. Y él se había convertido en un mal compañero de jarana; pronto se encontró solo.


Aquél era su trabajo; los exámenes. Tuvo que rellenar de garabatos, como en sueños, cantidades de papel. Le suspendieron, a él, tan preparado, tan suficiente en otro tiempo. Pietro no lo podía creer y soltó a Cesco un largo discurso, de hombre a hombre, como decía él, sobre el trabajo, la recapitulación de los propios fallos y el optimismo de no dejarse vencer por los fracasos. Pica no dijo nada.


Su casa y Asís. Todo era como un sueño.

Cayó enfermo y le mandaron al campo. Horas, días y meses de estar en cama. Luchaba como podía contra el tedio, por lo menos garabateando monigotes en un papel, como los párvulos en la escuela. Horas, días y meses. A su alrededor, como una alucinación geométrica, aquel ambiente que procuramos a los enfermos y que, quizás, sea lo que más les perjudica: un mundo aséptico, perfecto, limpio, concreto, unas paredes blancas sin mancha alguna que pueda fácilmente asemejarse a un caballo o a un mapa de Inglaterra. Horas, días y meses. Como en sueños, tocaba las sábanas y buscaba sentir en ellas el tacto de madera vieja, con relieves de vetas y nudos, de los bancos de San Damián; miraba y quería percibir la absoluta belleza que con cuatro maderos y una mano de cal pueden lograr los pobres de espíritu. Horas, días y meses. Aquellos frailes y aquellas monjas ya no eran del tiempo de San Francisco y Santa Clara, pero conservaban algo de él, como la triste gran iglesia guardaba en su interior las viejas paredes de la primera Porciúncula. Horas, días y meses. No dejarse vencer por la tristeza al ver que los amigos, los pocos amigos que venían, eran muy amables y traían algún regalo, pero no conseguían disimular el miedo al contagio. Horas, días y meses. No dejarse dominar por los fervores noveles del descubrimiento de Asís. No soñar y saber que todo es tan duro como las viejas piedras de la ciudad, las que habían visto pasar a San Francisco. Horas y horas de cama, días y días de cama, meses y meses de cama. Cuando se terminaron no sabía explicar cómo los había pasado, no podía hacer con ellos ninguna historia porque el tiempo parecía soterrado bajo una masa gris de días iguales; pero se encontraba en el interior de un silencio inteligible y pleno. A pesar de que al encontrar de nuevo a la gente se sintiese turbado y sus manos no pudiesen evitar un tic nervioso, a pesar de no haber podido vencer todavía su vehemencia acostumbrada, llevaba ya este silencio. Se había convertido para siempre en un contemplativo.

Tomado de: J. M. Ballarin, Francesco, Salamanca, Sígueme, 1975. pp. 37-39.